Las distintas capas que componen un pavimento no tienen necesariamente que ser todas de hormigón, de hecho, únicamente la última capa es de éste material, pero el resto de capas son tanto o más importantes que el propio acabado de hormigón.  Así, la primera capa que podemos considerar constituyente de un pavimento de hormigón es el propio terreno sobre el que se coloca.

La explanada, pues así denominamos al terreno natural sobre el que se apoya, es por tanto la zona superior del terreno natural.  Debe estar preparada para recibir el resto de capas que componen el pavimento, aunque puede no presentar las condiciones adecuadas y por lo tanto precisar otras capas de terreno añadidas para mejorarlo.

En caso de que no sea un soporte apto, sobre la explanada se extendería la subbase granular, separada de la explanada por un geotextil que impediría la pérdida de finos a capas inferiores.

Ésta subbase es una mezcla de arena y grava y su misión es la de reparto de cargas sobre la explanada, por lo que deberá tener una compacidad suficiente para poder transmitirlas hasta la explanada (normalmente 95% del proctor)

Sobre la subbase, o sobre la explanada si no fuera necesaria subbase, es conveniente colocar una lámina de polietileno antes de verter el hormigón de la solera.

La misión de ésta capa de polietileno es, por un lado, permitir el libre movimiento de la masa de hormigón sobre el soporte, reduciendo el rozamiento entre ambas capas y por otro lado evitar la pérdida de lechada de la masa de hormigón y el posible ascenso de humedades de capilaridad, aunque también puede tener el inconveniente de no drenar adecuadamente el agua que provenga desde el exterior hacia la subbase, lo que obligaría a adoptar medidas de drenaje, pero eso es otro tema en el que no vamos a entrar en éste artículo.

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